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miércoles, 5 de mayo de 2010

Legoland


Mi querido amigo Miguel, quien vive en Holanda, en una ciudad cuyo nombre es impronunciable para mi hoy día, fue hace poco a Legoland con su familia.

Se me acaba de ocurrir que le voy a pedir el favor de observar muy bien como construyen todas esas complejas estructuras, pieza por pieza, con experiencia, paciencia, creatividad, y seguramente también con amor entre muchas otras cosas.

Deseo que pueda contarnos cómo se hace, que nos envíe un truco, un atajo, un plano; pienso que algún día, que sueño cercano, necesitaremos esos trucos, esos mapas, esa paciencia, esa creatividad, pero sobre todo ese amor para reconstruir Venezuela, habiendo aprendido de las experiencias; y deberemos hacerlo con respeto.

Gracias Miguel por esa visita y por esta nota.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

Pero no, no y no

Me ha tomado un rato entender mi sentimiento respecto a lo que ocurrió en Venezuela el domingo 2 de diciembre pasado.

Tratando de comprenderlo, vinieron a mi memoria las reuniones familiares, sobre todo en casa de mis padres. Indefectiblemente, en algún momento de la misma, cuando la cosa aflojaba, cuando parecía que se terminaba, mi hermano Humberto, el primero conocido en la lista de los hijos de Godofredo Antonio, pelaba por su guitarra (que es parte de su cuerpo) y empezaba a cantar toda suerte de canciones desconocidas al menos para quienes conformamos la segunda camada de los Orsinitos (Gustavo, JC y la que suscribe). Luego esos temas se hicieron parte de nosotros y nosotros parte de ellos.

Así crecimos como en un popurrí y pienso que es una palabra que podría perfectamente describir a este grupo multisapido o polifónico de hermanos.

Y en esos nuestros primeros encuentros con la música, el bolero y la balada estuvieron muy presentes. Y los "Ojos Verdes" de mi madre eran dibujados musicalmente por papá y Humberto por supuesto, acompañado de un desafinado grupo pero lleno de sentimiento; mientras tanto nosotros, los menores, aprendíamos y teníamos nuestras aventuras iniciales con el ponche casero de la abuela Emma (de donde viene la mitad de mi nombre, pero esa es otra historia), que nos llevaba directo a la cama y a perdernos el resto de la velada, producto de los excesos y la ebriedad infantil. Después ya entendimos mejor el ponche, nos sabíamos las letras y empezamos a participar de una manera diferente.

Han pasado los años, los boleros y los recuerdos permanecen en el tiempo, los congelan y los transforman en presente; se hacen nuestros para convertirse en respuestas ante situaciones diversas. Son un eterno retorno a los momentos claves de nuestra existencia. En el transcurrir de este NO que se manifestó el domingo, NO nos estamos creyendo las palabras dulces, NO queremos entender de engaños, NO aceptamos manipulaciones. Por eso Sr. Presidente, le dedico este bolero.

Aunque me digas te quiero
aunque me digas te adoro
no, no y no,
no te lo voy a creer

esas palabras tan dulces
puede que sean sinceras
pero no, no y no,
no te las voy a creer

ya tú ves
como todo pasa en esta vida
yo prefiero una ilusión perdida
que me vuelvas a engañar
una vez
me dijiste que tú me querías
y recuérdalo bien vida mía
que te fuiste un día
y no volviste más, no

pero esas palabras dulces
puede que sean sinceras
pero no, no y no,
no te las voy a creer

El bolero goza de buena salud y amenaza con ser inmortal. La vida es una canción.

martes, 27 de noviembre de 2007

Desayuno con Uribe

Ayer en Venezuela desayunamos con Uribe. Si con Álvaro, el Presidente de la República de Colombia, sin adjetivos de alguna otra innecesaria índole.

Y el desayuno fue continental, no por los panecillos, la mermelada, el jugo de naranja y café (este último si estuvo en el desayuno y tenía un sabor diferente, ni mejor, ni peor, solo diferente), sino porque sus palabras, respetuosas, elegantes pero sobre todo contundentes, aun recorren cada uno de los caminos que enlazan nuestro pensamiento con nuestros corazones, nuestra casa con la del vecino, con el vecindario, con la comunidad, con la ciudad, con el país, con la fronteras, todas esas líneas invisibles que nos separan y nos unen, de norte a sur, de este a oeste.

Allí estuvimos, negros y rubios, amarillos, morenos, indios, el multicolor que nos caracteriza, escuchando sobre dignidad y dignificándonos como ciudadanos, recordando que tenemos un rol importante que desempeñar en los próximos días, pero sobretodo en los siguientes, pues no estamos acostumbrados a la reconstrucción consciente. Otros se han encargado de restablecer "el orden y la paz" y luego nosotros, en rol pasivo, nos hemos dedicado a criticar o sencillamente a observar desde nuestros balcones como la vida pasa al frente de nuestras narices, sin siquiera presentir el aroma de sus consecuencias.

No importa en que geografía este nuestro cuerpo o nuestra mente, lo que está ocurriendo nos toca, el tiempo no es infinito, pero lo tenemos. Recuperemos en principio la voluntad de orientar nuestra decisión hacia el ejercicio autónomo de construir un destino colectivo que nos pertenezca; que de verdad sea nuestro, de todos. El proceso está herido, lo suficiente para que la consciencia del pueblo nos regrese a un camino de construir juntos.

martes, 20 de noviembre de 2007

¿Café sin leche?

Opiniones encontradas con respecto al consumo de leche de vaca podemos encontrar todas; en fuentes confiables o no, en tratados de nutrición, libros, folletos, en internet. Por todos lados nos apabullan con información a favor o en contra del consumo de leche y sus derivados, ya uno no sabe si es la mala o la buena leche, si son los productores de frutas y vegetales los que están interesados en acabar con el mercado de lácteos; en fin.

Pero mas allá de si es buena o mala, lo que me ocupa con la leche y su progresiva desaparición (así como de sus productores y procesadores), es el asalto al lenguaje que sufrirá nuestra cultura de consumo de café en Venezuela (que para algunos también es mala.... que tiempos aquellos en que andábamos por allí desinformados o desorientados, y felices) y la riqueza que ha aportado a la manera tan deliciosa de comunicarnos cuando pedimos y compartimos, por ejemplo, un cafecito.

Y es que la leche ha jugado un papel importante en el proceso creativo, infinito por cierto, que hemos tenido los venezolanos para construir un lenguaje propio alrededor, entre otras cosas, del café y en este particular tema, esta riqueza del lenguaje, aun cuando la RAE todavía no acepte o quizá no haya recogido todo nuestro repertorio, pienso que es igualada por ningún país. Casi tan sabroso como el café es la manera que tenemos los venezolanos de pedirlo, no importa si estamos recién levantados, bajos de cafeína, estudiando para el difícil examen del día siguiente, enratonados o amanecidos, camino al trabajo, en una panadería, en el kiosco de la esquina, en el mercado, en una cola o en el lugar mas exclusivo. Tomamos café todos los días, a cada rato y casi en cualquier sitio. Pero debo regresar al abanico de opciones que hemos creado para consumirlo y disfrutarlo.

No se cómo, pero basta pararse, por ejemplo, en la barra de una panadería cualquiera del país para escuchar cosas como estas: Epale dame un negrito!, un guayoyito chamo, guarapo, marrón corto, marrón largo, negro corto, expreso, un conlechito ahí, un tetero ahí rapidito que voy a llegar tarde, quiero un negrito corto con un chorrito de leche bien caliente, capuchino, marrón clarito con leche fría, marrón oscuro, un negrito pero no tan fuerte, dame un café pa ver si me despierto- estoy amanecido (y de paso nos enteramos de su intensa noche de rumba)........ Y lo mejor todo esto, lo pedimos simultáneamente a la misma persona, quien impecablemente nos entrega la orden exactamente de la manera como la esperábamos para empezar o continuar el día.

Seguramente, ante la desaparición de este líquido tan preciado, primero entraremos en la etapa de desconcierto, la queja, la crítica infinita e incisiva, la chanza y finalmente acostumbrados a su ausencia, construiremos un nuevo lenguaje, pero esta vez alrededor del café, siempre sabroso, pero sin leche.

Espero, en todos, que la ausencia y las desapariciones no se nos conviertan en costumbre.