jueves, 17 de octubre de 2013

Un nombre prohibido

Llegó a casa una tarde, hace algunos años.
Desde siempre pidió un lugar que le fuera propio. 
Llegó de la mano de un querido artista plástico venezolano por cuyo trabajo siento mucha admiración y respeto. Neptali Valero la trajo. 
La colocó en un lugar privilegiado para que pudiera participar de todas las conversaciones; que no se perdiera ni una sonrisa ni una lágrima.
Desde entonces me ha acompañando cada día. 
Pienso que es ella quien camina de noche por la casa. 
Arrastra sus pies morenos y deja sus pequeñas huellas camino a la cocina.
Si un día la pillo, se que reiremos juntas después de gritar.
Hoy también está en la sala. 
Entre el sofá y el ventanal que da a la ciudad. 
El sol la calienta en las mañanas, pero le encanta la luna y la baja cada noche y se le iluminan las manos.
Bien proporcionada, el cabello recogido, descalza, con su traje de oro y bronce, coloca sus elegantes dedos en punta de pie para cruzar sus fuertes piernas, la izquierda sobre la derecha. Apoya las manos sobre su asiento, apenas detrás de sus caderas y deja caer su cabeza un poco hacia la izquierda. Desde allí, dice mi nombre y me siento a escucharla.
Así cada día. 
Así va la vida entre esta mujer y yo.

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